31 agosto 2007

Último latido

"Siempre me gustó mi nombre, no me hubiera gustado llamarme de otra forma"
Tú, ante mi pregunta final.



Durante mi último latido sostuve una sonrisa mediana. Guardaba el deseo de resistir esta broma que mi sueño tramaba, o pesadilla originada por una cena cargada. Sí, todo era falso. Realmente nunca me subieron a esa ambulancia, ni habría suplicado auxilio al escuchar las voces de los bomberos. No cubrí mis oídos ante el extraño chillido de las llantas, ni sentí la veloz maniobra antes de golpear al otro automóvil.

Al parecer todo era producto de mi distorsionada actividad cerebral; y sucedía en primavera, las ensoñaciones me obligaban a respirar más para no desorientarme; tal vez mi compañero no discutía conmigo mientras manejaba, yo no estaba llorando y jamás rompí las cartas que nunca guardé en mi cartera. Imposible consentir esa imagen de él obligándome a ceder el asiento del conductor, no estoy segura de haber notado su fuerza en mis brazos cuando trataba de controlar mi histeria. Se borra en mis manos el golpe de mi rabia en su rostro. En ningún momento siguió mis gritos por el patio.

Puedo corroborar la inexistencia de ese lugar, de la cama, el abrazo, el cabello húmedo. Esa mujer no estaba dentro de nuestra casa, jamás la vi, los vi, o descubrí. ¿Cómo tener la certeza de un dolor que me bloquea hasta el punto de perder el sentir? Simplemente no nació de ninguna parte, el malestar era falso, así como eran falsos los gemidos y risas en el segundo piso. El portón de la entrada no fue abierto por mí.

Pude haber ido a tantos lugares, visitar el zoológico de la ciudad y arrancar un par de flores que sólo cultivaban allí.Tiemblo al creer recordar que deseaba regresar a casa, por la autopista central, después de recibir la orden de mi jefe. Me extrañaba el descanso y la salida temprana por la gripe que jamás presenté. No, en realidad, no me había sentado en mi escritorio, ni revisado los mensajes de correo. Tampoco le comenté a Esteban que ya convivía con el amor de mi vida.

Esa mañana no había desayunado con él, y no realizamos el rito matutino de aseo personal, no mencionamos la frase del "buenos días amor". Fue ilusión ese momento de relajo después de hacer el amor, eran falsos los "Te amo" de cada noche, las caricias desde el primer día que fuimos a vivir juntos.

Recordando todo lo no vivido, suspiro. Ninguna madrugada estimulamos nuestros sueños hablando de metas, viajes, romances, y conversaciones triviales. No se cruzó por mi cabeza lo inalcanzable que era, y él no tuvo la intención de protegerme o de impulsarme al éxito para compartirlo con él. Mucho menos llamó para hacerme escuchar música protesta un domingo en la tarde, ni recordó conmigo su juventud rebelde. No sentí existencia de nobleza en su corazón.

Presiento que nuestra primera cita, fue el mejor ejemplo de un conjunto vacío, no estuve yo, ni me sorprendí de su determinación, él no me invitó, y no supo de mi intensidad para vivir. No me propuso vernos personalmente. No hubo ocasión de responder sus llamadas, porque él tampoco las realizaba, jamás le di mi número de teléfono, mucho menos me lo pidió.

No grabé nuestros debates por el mensajero, las diferencias ideológicas no encontraron períodos de paz, no congeniamos, ni nos agradamos algún minuto de pausa.

Cada segundo lo tengo más claro, nadie nos presentó, fue irreal ese instante en que me registré como participante en una convención de ex estudiantes por internet, no existió tal debate, ni la invitación a participar, nunca supe más del mundo universitario desde que egresé.


No te conocí, y no me estoy muriendo. Tampoco pasa que no respiras y que lloro.

Álguien me despertará en cualquier habitación, nosocomio, hotel o pocilga, mientras tu bella esposa se alista para llevarte el desayuno. No hay rastros de mí en tu mansión de sueños, en tu mundo de triunfos. No existí para ti mi querido amor.

26 mayo 2007

URMAT

A mi buena amiga: Angelita del Mal
- Y tu mamá? -preguntó en el recreo, mientras le invitaba a su compañera las galletas de su lonchera.
- En su trabajo
- y porqué tu papá no vendrá a la clausura?
- Es que son divorciados, ya no vive con nosotros, está en Trujillo, no le alcanza tiempo


Compasiva, miró la falda escosesa de su amiga, sintió la pena de la palabra divorcio y pensó, sin decirle por supuesto, "Pobrecita, eso nunca me va a pasar". Sus padres la querían tanto, que ella sospechaba que las riñas siempre se calmaban al verla entrar con sus trenzas, preciosa, abrazándolos en medio de los accesorios que sumaban todo el amor que le obsequiaban.

Antes de la separación inesperada, sentía que nunca vería igual a un hombre, la imagen de su dolida madre y los viajes prolongados de él, la convencían cada vez más que toda felicidad se desmorona en el instante en que recién la percibimos. Intentaba compensar la adoración a su viejo, con la honda angustia de extrañar a quien la había engreido toda la infancia."Al único hombre a quien le he dicho que lo quiero, es a mi papá", le comentamos que tal vez ese alejamiento de la imagen paterna, protectora, le había deformado la ternura, y el amor. Ese episodio en su vida sería el inicio de todo.


Muy consciente de las historias referidas a su nombre, ella no ocultaba su filosofía de vida. Su nombre, presente en el cine, la literatura, pintura, y demás artes, encerraba la delicadeza y sensualidad de su metro setenta. Ángela para los recién llegados a su vida, y Angie para los que la saludaban al amanecer. Su sonrisa de chica complacida le daba el aire inmortal que no podría jamás nadie tener. Ella lo sabía, cada día era más atractiva que el anterior.

Corría luchando apurada contra el minutero del reloj de personal, abriendo exagerada sus ojos gitanos, comprobaría una vez más que llegaba tarde por una mala noche. La supervisora reprendía su conducta como lo haría con cualquier otra chica, pero en el fondo sospechábamos que compartía la misma ansiedad de saber en el almuerzo los detalles de las noches y madrugadas ebrias de nuestra oveja negra. Ángela habría conquistado nuevas caricias este fin de semana; su mirada distraída, y su relajada sonrisa nos anunciaban otro amor rendido a sus pies.

No imaginamos que al hablarnos de ese "lindo chico, tierno y amoroso", el marrón de sus ojos brillaría hasta tornarse como la miel. Este hombre le encantaba mucho más que los otros dos que besó la misma noche, "siempre me llama", sorprendidas nos miramos, "Pero, ¿no que tú detestabas que los chicos te llamen?", "Sí, que tú por ninguno sientes nada", "Sí, que una vez que los disfrutas ya no los quieres ver". Arrinconada con nuestra inquisición del pecado, sonrió como volviéndose a encontrar. "Claro, no digo que lo quiera, pero me gusta mucho, eso nada más", resaltando los pómulos con la mueca de su sonrisa agregó: "Además me complace en todo", el "¡¿Qué?!" sincronizado se oyó en todo el comedor, pedirle detalles en el almuerzo, lejos de provocarnos ascos, nos agilizaba exquisitamente la digestión. Entre un grupo mayoritario de casadas, la luz de una seca experiencia se ensimismaba y se dejaba llevar por esa novela romántica y pasional que ya captaba nuestra atención desde que entraba.

- Hola, te llamaba para saber cómo estabas.
- Angela?... oh, Feliz día de San Valentin!, quería llamarte, pero me dijeron que no te agradaba eso.
- Feliz día también. No hay ningún problema si me llamas.
- Qué bien!, entonces lo haré más seguido. Una pregunta: ¿Por qué en tu mensajero te pones de nombre U.R.M.A.T.?
-Ese es un secreto que sólo mis amigas pueden saber, apto para mujeres nada más.
- Jajaja, y a mí no me lo dices?, yo que soy especial?
- Eres igual que el resto, ¿qué te hace especial? - Él mudo, no sabía cómo esquivar la situación incómoda de enfrentarse a una mujer de experiencia superior, que al fin había logrado obsesionarlo, cualquier cosa podría hacer que llame a otro y lo desheche. La conversación acabó a los 30 segundos de liberada esa pregunta.

El jovencito del que tanto nos hablaba tendría algo distinto, desconocido, algo que no había encontrado en los demás. Olíamos al verdadero amor, llegado en un ser dos años menor, tal vez ella no era la misma chiquilla pícara que se besaba con el mejor amigo de otro en la misma fiesta. "Yo sé que tengo mi fama, pero sé cómo siento y lo que soy, me importa un comino lo que piensen de mí. Me da igual si les duele o no verme con otro, nadie se ríe de mí, ni puede ufanarse que yo lo haya buscado o esté enamorada, ninguno puede decir que me tiene en sus manos", nos dijo alguna vez.

Su atractivo no residía precisamente en su cabello negro, ni en sus pestañas extra largas, o en el delineado de sus labios, la impresión que causaba en las fiestas era por el conjunto equilibrado de su cuerpo y su rostro, madre naturaleza gloriosa y pomposa, su presencia y seducción estaba calculada hasta en la caída del cabello. Minuciosa, mejoraba su presentación en el tipo de reloj que usaba, en los tacones, en la ropa interior que tan diligentemente su mami compraba. Los que la amaron la recuerdan inasible, como la chica inalcanzable, jamás poseída; su corazón no era de nadie, podría darlo todo a todos, menos un amor manifiesto.

Angie lucía su franqueza con el desparpajo de una mujer que no mide las consecuencias. No dudábamos que la cerveza la deshinbía mucho más en sus noches de juerga y perdición, pero su discurso no variaba, confiábamos en ella, en la frialdad para aceptarse y aceptar al mundo. No podíamos dudar de lo que nos confesaba.

Hasta que llegó distinta a las oficinas, un día en que la verdad estalló de su boca, la notamos extraña, y esa tarde en el almuerzo, confirmó lo que más temíamos:

-Chicas, creo que estoy enamorada!
- Ya era hora
- No seas pues!
-Di la verdad
- En serio - afirmó temiendo la hecatombe, el efecto mariposa, el sarcasmo de quienes sabíamos todo de ella - Estoy enamorada!
- Sí, amiga, yo te creo, pero nos decías qué significaba tu nik?, el nombre de tu mensajero?, dinos, qué significa U.R.M.A.T.
- Ya pues Ángela, dinos qué significa U.R.M.A.T.

Nos devolvió una sonrisa nerviosa, fue inútil tratar de postergar la revelación, nuestra insistencia borró el semblante de mujer poseída por cupido, se acomodó nuevamente en la silla: "Está bien, U.R.M.A.T. significa, Una Raya Más Al Tigre, es la descripción de mis vivencias". La risa compartida elevó el calor en la mesa, la mirábamos pensando en lo recién dicho, hasta que una se atrevió a decir "¿Y quién te dice que este muchacho no sea una más de tus rayas?". Ninguna de las presentes respondió, acabó el almuerzo con algún tema trivial y no supimos qué habría concluído ella con tal aseveración.

Fue curioso comprobar que su matrimonio tuvo la mayor asistencia de amigos que otras bodas en la misma localidad. Nadie quería perderse el capítulo final de la primera princesa sensual de los cuentos de hadas, cuánto material argumentativo habrán perdido las compañías de cine, guionistas de telenovela, redactores de revistas para la mujer. Nuestra Angie se casaba, y no era broma, ningún invento para cambiar el tema de conversación. Fiel a sus formas, el párroco tuvo que pedir que el velo cubriera su escote al momento de empezar la ceremonia. "Padre, el vestido es el problema, no yo. No había de mi talla", Su amado sonrió, joven, luciendo la promesa de amor de una chica indomable. Envidiado, vigilado, no le perdonarían echarlo a perder, los invitados aplaudieron aún más cuando los vieron partir a su nuevo hogar.

La memorable U.R.M.A.T, al fin lo podemos afirmar, se había enamorado. Las rayas no se borrarían jamás, pero sí sabíamos que no existiría una más para esta felina mujer.

20 mayo 2007

PARIS (nada es verdad y todo es mentira dicen)



"Ven acércate.
Ven y abrázame.
Vuelve a sonreír
a recordar París,
a ser mi angustia.
Déjame pasar una tarde más..."




Canción "París", La Oreja de Van Gogh


Antes de observarlo y conocer su impresión medité sobre los años en que descubrí muchas de sus virtudes y defectos, en lo mucho que lo estimaba y quería, lo odioso que era cuando realmente deseaba herir; lo miré de reojo y luego, evité hablar. No se lo dije, ni él hizo mayor comentario, era tácito que al encontrarnos, de esa forma y en esas circunstancias, probaríamos la regla básica de toda amistad entre un hombre y una mujer: que no existe tal amistad.
La avenida endurecía mi andar, las ramas de los árboles se movían en ondas, produciendo el efecto impresionista de un Van Gogh que se reía de mi locura. Mirábamos al resto, consintiendo esta vez, que nos acusaran de cuanto querían, estábamos a punto de entrar a Paris, con sus paredes verdes y sus letreros chillones, la vitrina daba el precio de un horario continuado, eran cuatro las monedas y las funciones. A pocos pasos de la boletería decidimos fingir que veníamos como pareja curiosa, estrategia que nos ahorraría la verguenza de mostrarnos novatos, o mal nombrados cucufatos entrometidos, la intención era no desentonar, sobretodo cuando el público era mayoritariamente masculino. Presioné los libros recién comprados y miré por última vez la calle con sus secretos, la luz artificial del umbral nos anunciaba que lo más sordido de la ciudad no se encontraba precisamente afuera, la miseria de una soledad senil reinaba en las butacas embarradas de una pasión no entregada.


- Ya tengo las entradas
-Qué verguenza, nos van a mirar todos. Nos quedamos diez minutos y salimos
-No hay problema, cuando quieras irte salimos. Pero comportate natural, no te pongas nerviosa, además estarán distraídos con la película.
- O tal vez tocándose todo, aggg! si vemos tonterías nos salimos.
- Silencio, vamos a entrar.

Los colores rancios de un rollo mil veces expuesto le daban ese matiz antiguo y sesentero al cine lleno de gente. Entré pegada a él, siguiendo sus dudas para ubicar el lugar adecuado, buscando sitios vacíos y contiguos, derecha o izquierda, lejos o cerca del ecrán; sin tomar en cuenta que para ese tipo de película no habría forma que ángulo alguno nos privara de los detalles más inverosímiles. Una vez acomodados intentamos descifrar el argumento, suponiendo erradamente que lo tenía; habíamos llegado en los últimos minutos en que todo estallaba en un final feliz para ella y no para su amado fiel.

- Pucha y ese negro amarrado a la silla, jajaja está que se gana con la orgía.
- Si pues, pobrecito, la flaca abusiva con cuatro chicos.
- Qué aburrido, y todo el tiempo van a hacer eso?, esto es más falso, una flaca no estaría como si nada, todo porque le pagan para hacer la película, fingida!
- Pero observa y luego opinas.

A pesar de la sordidez en los diálogos, de tres palabras a lo mucho, creí poder controlarlo todo. Siempre racionalizando el momento. Oye, dime la verdad, ¿acaso algo tan falso puede incitar a la gente?, mira ese viejo de adelante, está que esconde sus manos, ag!. Él, incrédulo, decía en voz baja: Bah, ¿pero me vas a decir que no sientes nada?
-No, nada.
- Es imposible que no sientas nada, no habría álguien que no sintiera nada con tales escenas.

Sonreí maliciosa: "Y tú sientes?", "hacer rato" respondió.
El desborde obsceno del placer, la sensualidad corrompida, incitaron la libido que nadie merecía tener esa noche más que él. Ahora la pantalla enfocaba el rostro de una mujer oriental acariciando los contornos de un cuerpo espléndido, la forma de su boca me erizó la espalda y los deseos, yo no podía volver a mirarla, la tentación estaba a centímetros de otros labios que rozaban entre palabras mis oídos, decidí mirar sus ojos marrones, y lo besé. Nos enrredamos sofocados por el calor naciente en la base de nuestros muslos, y así nos propusimos, o lo propuse y él no tuvo otra que acceder, terminar esa noche con el sabor del vino en la lengua, nuestras lenguas, en la habitación de una casona ambientada para hospedaje.

En los pasillos mal pintados iba rememorando aquel Mayo del primer Hola en persona. Comenzaba la tarde en el departamento pequeño, el verano se alejaba y me había puesto una ridícula chompa verde, prevenida siempre del clima de esas épocas, tan traidor como mi última relación. El anfitrión había tocado unas tonadas de Led Zeppelin, preparando un poco el ambiente culturoso que vendría cuando todos llegaran, sabía que no merecía estar allí, no era lo mínimamente intelectual como para desenvolverme en temas literarios sobre aquella mesa larga y brillante. Se esfuma la imagen, y me veo sentada a su lado, muchos minutos antes lo había saludado como lo prometí, con nuestra sonora forma de llamar a dos amigos inseparables, confidentes, insustituibles, unidos para burlarnos del mundo.

-No puedo creerlo!
-Yo tampoco
-Qué pasará después?
- mmm, bueno, yo pienso que no podremos volver a ser amigos después de esto, es más me parece falso e impostado eso del "pero conservaremos la amistad", eso es mentira!...
- No digas eso, sí se puede, si en un principio existió claro que se puede.
- No, una vez que termine esto no podría conservarte como amigo, sería una mentira.
-Yo no quiero perder a una amiga, no digas!.

Concebí la pobre idea de sorprenderlo alguna vez siendo mejor que él, le aseguré que lo superaría, me leería todos los libros que él había leído sumado a los que tocó al menos. El tiempo determinó que no sólo me superaría en sapiencia, sino que lograría mucho más que eso, llevó mi cuerpo y mis sentidos a la categoría de un lenguaje que todavía no existe, haciendo que traspase lo conocido por mí, superándome a mí misma gracias a su insólita forma de hacer que vuele al infinito. Su imaginación continuaba siendo una coincidencia maravillosa que jamás libro alguno pudo escribir, me intrigaba si seríamos igual de especiales como lo fuimos cuando éramos los mejores confidentes del planeta tierra. "Oye, ¿ tú crees que después de esto, podremos volver a ser los amigos del alma de siempre?" "Es lo que más anhelo", respondió, y yo entendí, después de meditar sus palabras, que no podía quitarle eso, que si lo deseaba así , entonces volveríamos a ser amigos."Gracias, era lo que necesitaba para el final de mi relato".

14 abril 2007

Carne disecada

Cambiaba las emisoras, hasta que mis dedos empezaron a sudar, no lograba contener en mí el aplomo supuesto que vendría de esa situación. Era definitivo lo que me decía mientras se quitaba la ropa, tal vez su confusión la disimulaba con el ademán de fuerza para librarse del polo; conservaba la calma, mientras yo temía comprobar que mi alucinación no era tal, y claro, mi cabello era una cortina tranquilizadora de mi rostro escondido. Apenas y levantaba la vista, fingiendo buscar una emisora acorde con la escena del crimen.

No puedo aceptarlo, es imposible que tú me ames. Tú nunca me crees no?. Pero si estás muerto, es decir, no te ven los demás pero yo sí. Y quién te ha dicho que no me ven, saben de mí, saben que existo, pero sus preocupaciones, su mundo los ciega. Me levanté cantando, la letra lo decía todo, y estaba de moda. Esa canción es lo máximo. Siempre dices eso de todas las que hablan de desamor. Me callé, no pude pronunciar más palabras, la sangre en mis zapatos ya estaba haciéndose sentir en mis pies, la viscosidad, y el olor me originaron la primera náusea de la tarde. Me voy. No. Claro que sí, que horror, mira mis zapatos,cómo iré a mi quinceañero.No tienes quince. Lo sé, no es mío, es de mi hermana. Esa. Sí, esa, la que acariciaste mientras bailaban. La rabia secaba mi lengua, y mojaba mis ojos. El color iba subiendo de mis pies a mi cara, su sangre pintaba todo el cuarto; su poster de Charly, su caricatura de ánime, y su soldadito de plástico, único vestigio de su inocencia se mezclaban con el tumulto de hojas. Debería quemar esas cartas, pero ya no me alcanza tiempo, tengo que estar en la reunión de mi hermana. No te vayas. Tengo que irme, tú eres su mejor regalo, ella nunca me regaló nada.

Tomé las sábanas, limpié las gotas de sangre, la puerta se abrió con la fuerza de ese joven de mirada simplona y el gordo del vigilante. Vi un grupo más numeroso de gente. Y de pronto descubrí que ya no era el cumpleaños de mi hermana, ya habían pasado 3 días, y que recién se animaron a entrar a rescatarme de ese muerto que no me dejaba salir.

12 febrero 2007

Agua Cruzada

Permaneciste callada por cortesía, las insistencias nada persuasivas de aquella mujer, te obligaban a disimular ,con esfuerzo, las muecas amargas de tu rostro, no eras la entusiasta de aquella tarde . Sin embargo, la mirada de esa niña de cuatro años te hizo tomarla de la mano y asumir el papel de guía en una iglesia que nunca antes visitaste.

Entraron. Explicación de minutos sobre la armonía de tallados del siglo XVII, retablos barrocos primorosamente elaborados, el brillo del pan de oro, cuadros medievales, y el resto de versiones anónimas que impresionaban hondamente. Pausaste para un momento de contemplación estremecedora, apretaste más fuerte su mano, El Cristo de La Buena Muerte, obra de Juan de Mesa, carne llena de incisiones, sangre y dolor en su composición, heridas que se repetían en las imágenes anteriores, todas con tu misma frase : “Dicen que por los pecados del mundo”, total , a ti también te lo decían cuando eras como ella. “¿Ella?” envidia brillando en tu retina. Pequeña inteligentísima hasta en sus preguntas , ya sabía leer y escribía con mínima dificultad; observabas su lacio cabello y sus pestañas largas, ojitos vivos, manos curiosas, semblante confiado, “toda una adulta” en su hablar bien vocalizado.

Siguieron el recorrido; salvo un par de penitentes orando arrodillados en los bancos, sólo quedaban las tres dentro del recinto imponente, hacía frío, entraba el viento y ya se manifestaba la sombra de la noche; pensabas “¿Habré sido como ella?”. Te detuvo frente al objeto de mármol donde, asumías, se ponía el agua bendita, le respondiste, se calló, te miró y bajó la cabeza, “Ya sé qué quieres”, la niña menuda no alcanza , “¿quieres ver qué hay en la Pila?”, te devolvió una agradecida luz en sus ojos. La levantaste suave y alto, para que se impresionara y dijera: “ Oh, que fuerte es mi hermana, mi hermana mayor!”. Sus dedos tocaron de lleno el agua, y se lavó. “Oye, eso no es para lavarse”, increpaste, “Se hace así”; ¿Qué hiciste?, le enseñabas cómo persignarse, “En el nombre de...”, el materialismo?, el big bang?, el universo curvo?, ¿y tu existencialismo?, ¡ Atea inconsecuente!.

La bajaste de nuevo, te sonrió. Duró un minuto, sesenta segundos sin culpas, microsegundos sin lastres mnémicos. Hasta que te sentiste observada, “Maldición, me olvidé que estaba allí!”. Lenta, odiando, girabas, dejando la risa a un lado, tu cuerpo; y el golpe: expresión de “En el fondo tú...”, las veía, orgullosa, conmovida, cándida, (¿feliz?), con la cara inclinada hacia su hombro derecho, con los brazos cruzados, típica pose de ternura maternal, ¿podría acaso tener esa capacidad?, progenitora paradójica; la menudita corrió “Mami, mami, me hice la cruz, la cruz!....”, ella la abrazó.

Salieron ya era de noche. No dijiste nada. “Iglesia bonita ¿ no?, volvemos la otra vez que te visitemos ya?”, sangre de tu sangre, cuándo será que se unan. Caminas, evitas mirarla, y ella, tu madre, tampoco busca concordia en tu faz, sigue hablando de tu medio hermano, planes de boda, nuera incapaz, hijos infelices, la economía , el gobierno, y la religión.

¿Qué es lo que tanto te fastidia?, la cabeza te duele, el cuerpo no se soporta, quieres echarte en cualquier lugar, sigue el hincón, la presión en el punto ubicado entre las cejas, quemadura insoportable, zumbido agudo, ya no aguantas más. De todo lo dicho sólo captaste “Chau, te llamo, no olvides visitar, saludos a tu padre”. El besito de la niña, inconmovible tú, no te ablandaste, ya no resplandecía para ti, era simplemente un compuesto de células que en los próximos segundos crecerían y se reproducirían para morirse; niña con nombre y con fe. “Chau”, lograste decir, “Sigue leyendo”.

Camino de regreso la ansiedad multiplicaba los pasos, el hambre y los pensamientos. Mientras continuaba el golpecito, martilleo empecinado en un solo lugar, te tocabas la sien, la frente, las cejas, y escuchabas (¿se puede a través del tacto?) que el dolor zumbante nacía y regresaba, después de circular sádicamente por todo tu ser, a ese mismo punto. Haces memoria, extrañada, buscando el inicio, empezó cuando observabas el Retablo de Las Reliquias, tallado en madera oscura, estilo neoclásico, de fines del S. XVIII, un altar repleto de cofres aterciopelados, que conservaban en su interior antiguos restos de un cementerio; o tal vez fue cuando viste el Ecce Homo de Pedro Mesa, belleza de obra, colores que emulaban una piel de porcelana, enmarcando los ojos más tristes de la historia humana.

Tus labios no pudieron reprimir las palabras recurrentes que tu cerebro no toleraba más dentro de sí, “Vía Apia”, “cementerio de Ciriaca”. Ya no sabías quién hablaba, la coherencia no aparecía por ningún lado, “Imposible”. No aceptabas sugestiones, ni razonamientos groseramente ignorantes, “¡¿A estas alturas?!”; en plena mayoría de edad, donde la limpieza de mitos es forzosa. “Basta”. Cruzas, ¿recuerdas?, caminabas lento, un taxista te apuraba con improperios, un auto oscuro pasaba frente a ti, y el reflejo de los vidrios te daba la revelación, “¡como en el libro!”, esta vez no fue de ceniza, fue de agua.

Tu rostro pintándose con el plomo del smog, la sombra que lo cubría todo, los gritos, el semáforo, los ojos espantados del que esperaba al otro lado de la acera “¡Cuidado!!!”, alarma, velocidad intempestiva, apenas pudiste voltear, se aclaró lo de la sombra, lo del humo, y los reflectores de aquel camión apagaron tu dolor.


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Luz tenue, anuncio de que aún no terminaba el día, el sol escondiéndose detrás de aquellos edificios, Te vuelves a contemplar, como si fuera la primera vez, ¿la ves?, claro, y la escuchas: “¿Vamos a esa iglesia?”, dijo ella; y sin reconocerte, volviste tu cara turbada respondiendo: “Nunca he entrado allí”. “Entremos” pidió la progenitora, no quisiste, ¿temor?, no. Desprecio por la irracionalidad que se aferra a explicaciones místicas. La niña menuda te miró, cómplice, extraña; respiraste hondo, tomaste su mano, sensación tibia , qué nuevo se siente en las terminaciones nerviosas, queriendo gritar, sin ser tú, hablándole sin expresión, callaste, y la guiaste hacia a dentro.


Asae Nunt.

La Novia de Astarku



Día miércoles de número impar, así como el anterior me acerqué a curiosear en la biblioteca de mi tío, abogado de profesión; mantenía entre sus tesoros más resguardados mil doscientos ejemplares de lujo, y muy aparte de sus primeras adquisiciones en su etapa de practicante, el resto era un selecto acumulado de conocimientos impresos. Solía vanagloriarse de aquello en cada oportunidad, por eso no era difícil recordar el orden de las materias, su descripción de los compartimentos de cedro y caoba me ubicó fácilmente en la sección poesía.

Sostuve entre mis manos un pesado libro cuyas letras doradas titulaban “Confesiones de Astarku”. Las primeras estrofas tenían una letra peculiar, corrida y trabajada con cuidado, impresión muy real de una escritura a mano; el resto de poemas seguían el ordinario lenguaje de arcaísmos de su época . Distrajo poderosamente mi concentración la rúbrica de mi tío, la tinta recorría el espacio que le restaba al título del poema, de esta forma dejaba en conocimiento cuál era su poema favorito, su firma en rojo nos lo recordaría para siempre. En adelante sólo hallé esa misma marca personal en dos estrofas también referidas a la fortaleza de un hombre doliente que superaba las batallas de la vida.

Me atreví, empuñando el lápiz cómplice a buscar un escrito que me gustara y así colocar una marca que identifique mi buen nombre y deje rastro de una recién entendida en el mundo de las letras. Busqué en cada verso, señalando palabra por palabra con mi sigiloso dedo; ataviada de gerundios, metáforas, hipérboles y otros elementos no me rendía ante la infructuosidad, la frase que revolucionaría mi concepción de las cosas tenía que aparecer, Qué vergüenza, dos horas con el mismo libro, y no he tenido testigos ni testimonio alguno de mi esfuerzo por culturizarme, por cultivarme. ¿Qué le diré a mi tío cuando pregunte si encontré algo interesante?, nada me conmueve en estas palabras viejas , suspiré. Cansada y aburrida, sí, muy aburrida, pensé: ¿qué pudo conmover a mi tío en este libro antiguo y lleno de cadáveres verbales?, alcancé a leer el poema de la página 123,cuyo título Connubio infértil, sonaba a desamor

Amarrada a una huesa sin cruz
la novia mía evocaba el gehena,
al unísono los consortes
claman esponsales impronunciables
Astarku araña tus tierras,
Astarku enloquece por tus besos sanguinolentos...

Me conmovió el amante sin su amada, mi bostezo descoordinó mis manos, y apenas puse mi firma cerré el libro perdiendo interés en seguir el poema. Guardé las “Confesiones...” con el cuidado que siempre caracterizó a mi exigente tío. Antes de retirarme observé desde la puerta el ovalado orden del empotrado estante, guarida magnífica del grandioso material que tendría a mi disposición durante el viaje de mi tío, deslumbré orgullosa y cerré la puerta con seguro.

Hoy, regreso aturdida, la puerta seguía con el seguro que sólo mi llave podía abrir, el encargo del cuidado de este tesoro me obligaba a visitarlo al menos dos veces al mes, el murmullo de los empleados trabajando eran usuales, cuando la sobrina llegaba a la casa ellos nunca descansan, supervisaba su trabajo al milímetro. Los días anteriores a esta visita tuve sueños muy extraños con la biblioteca, lo atribuí a la enorme responsabilidad de ser la guardiana improvisada de mi tío.

Entré silenciosa, a buscar esta vez enciclopedias que mejorasen mi obtuso vocabulario, en la amplia mesa cabían los diez volúmenes de las primeras letras que pesadamente pude bajar, la atmósfera apagada del salón velaba los tonos mate de las hojas, impresionada por los ejemplares tan bien conservados tomé la letra “A”, acordándome de Astarku.

Hallé una definición de página completa, el concienzudo apunte de Astarku y el dibujo de su diabólico aspecto alteró un pulso pocas veces sorprendido. Terminé el texto y me acerqué acechadora a las “Confesiones”, lo abrí rápidamente, las hojas en su alboroto encontraron un orden separador, una hoja amarillenta sobresalía doblada por la mitad, suelta, como puesta para ser leída. Su ortografía apenas perceptible decía en un líquido rojo “Quien firma el libro contrata las vivencias de Astarku, su valía eres tú.”, firmado por A. para, dos puntos seguidos, la novia. Busqué la página 123 y no encontré firma alguna, quizá no había presionado con la suficiente fuerza el lápiz aquel día. En ese instante impulsada por el miedo copié apurada la definición de Astarku:

Según la monarchia demonorum, es muy poderoso en el infierno, pues manda allí cuarenta legiones de espíritus, mientras que en la jerarquía de los ángeles caídos tiene rango de príncipe de los tronos. El momento idóneo para invocarlo son los miércoles de número impar de diez a once de la noche...”

Raudamente tome el libro y me dispuse a salir, pero las fuerzas abandonaron mis manos y el libro cayó, decidida a no dejarlo me agaché a recogerlo y fue cuando vi mi firma en tinta roja sobresaliendo en medio de la página 123, dígitos que sumaban seis, como el número de los brazos de esa cosa pestilente que se acercaba increíblemente apasionada a abrazarme; el terror, lo supe allí, sería eternamente revivido una y otra vez.

10 febrero 2007

SÚCUBUS

Estaba nerviosa. Utilizando el superlativo favorito de mi especie: nerviosaza, parada en la cola, con mi siempre perfumado y delicado amigo Marcio; me saludó efusivo, fijándose en el nuevo color de mi cabello, y yo en sus amigos extravagantes. Uno, resplandeciente dueño de una decena de piercings prendidos a su piel; y el otro "recién se descubría", me dijo, estaba tímido, como si presenciara todo en cámara lenta.

No quise irme, tampoco avanzar, nos revisaron todo antes de entrar; mi primera noche en una disco gay y las rutinas de seguridad me espantaban más que la gente acicalada con objetos extraños en su cabello y en su cuerpo. Entramos emocionados, mi amigo, mi guía, les había contado de mis inquietudes, mis ganas de explorar el nuevo mundo, y tal vez de probar suerte con algo que ni me había imaginado. Todos estaban prestos a facilitarme la confirmación o negación de aquello que dudaba.

La música era agitada, pero de un estilo distinto a otras discos, el escenario alto estaba a oscuras, las luces de colores fastidiaban mis ojos, y los modelos que bailaban mareaban mis pies. Esa noche iba a ser distinta, lo intuía, no sólo cuando ella intentó besarme, sino cuando me dijo "vamos".

Víctor evitaba observar a los demás, a pesar de las recomendaciones de Marcio, su cortedad no le permitía más que mirarnos a nosotros. Era Raúl quien nos absorbía las energías, bailando en la barra frente a la tarima, siempre detrás de otro, que a su vez estaba detrás de otro, haciendo un paso de trencito con vagones extremadamente pegados. Se escuchaba el "Tell me" de una canción conocida, todos sacaron sus celulares y lo levantaron generando una risa incontenible. Ella me sacó a bailar jalando suavemente de mi mano, y logré escuchar apenas el "cuidado con ella" de mis amigos.

Temblaba, y no sabía cómo cortar sus pasos sensuales, quería decirle que la sensual era yo, no ella, no me importaba cuán largo era su cabello, o que tanto más cuerpo tenía, que si bien mi estilo de vestir siempre fue así, lo femenino seguía latente. Era lo más extraño que había experimentado. Ella sonreía en la nube de licor que su cuerpo emanaba, la miraba con odio; cuando me descubrío la mirada sonrió más, ¿ me creyó sensual?, acaso acercando mi cabeza a la suya intentaba apagar mis odios, mi envidia?

Pensé que el ridículo de la noche no lo haría yo, detuve con mis dedos ese toque de labios mojados, ella abrió los ojos furiosa, volví mi rostro al brillo de los piercing de Raúl, quise jalarlo y bailar con él, para besarlo en última instancia, y dejar en claro mi mujerez, tal como Susanita frente a Mafalda. Sin embargo, el beso apasionado, de lenguas atravesadas, era una clase que Raúl me daba con ese desconocido, a quién justamente besaba en ese momento. La miré a ella sobresaltada "Así lo quieres?, entonces vamos” y antes de negarme, me dejé llevar a un rincón.

¿A dónde fuiste?, preguntaba Marcio, más de una hora desaparecida, no vuelvas a hacer eso, y ni siquiera respondías al celu amiga, me preocupaste. Apenas pude mantener la mirada fija en algo que Marcio intentaba pasarme. ¿Dónde estuviste?. La risa que provocó esa pregunta sorprendió a sus amigos. Marcio, es gracioso, no sé dónde estuve, sólo tengo ganas de dormir.

Ahora me propuse escribir lo que había sucedido aquella noche, para develar por fin, incluso, a mí misma, lo que realmente pasó, pero sólo recuerdo mi desmayo luego de las preguntas de Marcio.
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