12 febrero 2007

Agua Cruzada

Permaneciste callada por cortesía, las insistencias nada persuasivas de aquella mujer, te obligaban a disimular ,con esfuerzo, las muecas amargas de tu rostro, no eras la entusiasta de aquella tarde . Sin embargo, la mirada de esa niña de cuatro años te hizo tomarla de la mano y asumir el papel de guía en una iglesia que nunca antes visitaste.

Entraron. Explicación de minutos sobre la armonía de tallados del siglo XVII, retablos barrocos primorosamente elaborados, el brillo del pan de oro, cuadros medievales, y el resto de versiones anónimas que impresionaban hondamente. Pausaste para un momento de contemplación estremecedora, apretaste más fuerte su mano, El Cristo de La Buena Muerte, obra de Juan de Mesa, carne llena de incisiones, sangre y dolor en su composición, heridas que se repetían en las imágenes anteriores, todas con tu misma frase : “Dicen que por los pecados del mundo”, total , a ti también te lo decían cuando eras como ella. “¿Ella?” envidia brillando en tu retina. Pequeña inteligentísima hasta en sus preguntas , ya sabía leer y escribía con mínima dificultad; observabas su lacio cabello y sus pestañas largas, ojitos vivos, manos curiosas, semblante confiado, “toda una adulta” en su hablar bien vocalizado.

Siguieron el recorrido; salvo un par de penitentes orando arrodillados en los bancos, sólo quedaban las tres dentro del recinto imponente, hacía frío, entraba el viento y ya se manifestaba la sombra de la noche; pensabas “¿Habré sido como ella?”. Te detuvo frente al objeto de mármol donde, asumías, se ponía el agua bendita, le respondiste, se calló, te miró y bajó la cabeza, “Ya sé qué quieres”, la niña menuda no alcanza , “¿quieres ver qué hay en la Pila?”, te devolvió una agradecida luz en sus ojos. La levantaste suave y alto, para que se impresionara y dijera: “ Oh, que fuerte es mi hermana, mi hermana mayor!”. Sus dedos tocaron de lleno el agua, y se lavó. “Oye, eso no es para lavarse”, increpaste, “Se hace así”; ¿Qué hiciste?, le enseñabas cómo persignarse, “En el nombre de...”, el materialismo?, el big bang?, el universo curvo?, ¿y tu existencialismo?, ¡ Atea inconsecuente!.

La bajaste de nuevo, te sonrió. Duró un minuto, sesenta segundos sin culpas, microsegundos sin lastres mnémicos. Hasta que te sentiste observada, “Maldición, me olvidé que estaba allí!”. Lenta, odiando, girabas, dejando la risa a un lado, tu cuerpo; y el golpe: expresión de “En el fondo tú...”, las veía, orgullosa, conmovida, cándida, (¿feliz?), con la cara inclinada hacia su hombro derecho, con los brazos cruzados, típica pose de ternura maternal, ¿podría acaso tener esa capacidad?, progenitora paradójica; la menudita corrió “Mami, mami, me hice la cruz, la cruz!....”, ella la abrazó.

Salieron ya era de noche. No dijiste nada. “Iglesia bonita ¿ no?, volvemos la otra vez que te visitemos ya?”, sangre de tu sangre, cuándo será que se unan. Caminas, evitas mirarla, y ella, tu madre, tampoco busca concordia en tu faz, sigue hablando de tu medio hermano, planes de boda, nuera incapaz, hijos infelices, la economía , el gobierno, y la religión.

¿Qué es lo que tanto te fastidia?, la cabeza te duele, el cuerpo no se soporta, quieres echarte en cualquier lugar, sigue el hincón, la presión en el punto ubicado entre las cejas, quemadura insoportable, zumbido agudo, ya no aguantas más. De todo lo dicho sólo captaste “Chau, te llamo, no olvides visitar, saludos a tu padre”. El besito de la niña, inconmovible tú, no te ablandaste, ya no resplandecía para ti, era simplemente un compuesto de células que en los próximos segundos crecerían y se reproducirían para morirse; niña con nombre y con fe. “Chau”, lograste decir, “Sigue leyendo”.

Camino de regreso la ansiedad multiplicaba los pasos, el hambre y los pensamientos. Mientras continuaba el golpecito, martilleo empecinado en un solo lugar, te tocabas la sien, la frente, las cejas, y escuchabas (¿se puede a través del tacto?) que el dolor zumbante nacía y regresaba, después de circular sádicamente por todo tu ser, a ese mismo punto. Haces memoria, extrañada, buscando el inicio, empezó cuando observabas el Retablo de Las Reliquias, tallado en madera oscura, estilo neoclásico, de fines del S. XVIII, un altar repleto de cofres aterciopelados, que conservaban en su interior antiguos restos de un cementerio; o tal vez fue cuando viste el Ecce Homo de Pedro Mesa, belleza de obra, colores que emulaban una piel de porcelana, enmarcando los ojos más tristes de la historia humana.

Tus labios no pudieron reprimir las palabras recurrentes que tu cerebro no toleraba más dentro de sí, “Vía Apia”, “cementerio de Ciriaca”. Ya no sabías quién hablaba, la coherencia no aparecía por ningún lado, “Imposible”. No aceptabas sugestiones, ni razonamientos groseramente ignorantes, “¡¿A estas alturas?!”; en plena mayoría de edad, donde la limpieza de mitos es forzosa. “Basta”. Cruzas, ¿recuerdas?, caminabas lento, un taxista te apuraba con improperios, un auto oscuro pasaba frente a ti, y el reflejo de los vidrios te daba la revelación, “¡como en el libro!”, esta vez no fue de ceniza, fue de agua.

Tu rostro pintándose con el plomo del smog, la sombra que lo cubría todo, los gritos, el semáforo, los ojos espantados del que esperaba al otro lado de la acera “¡Cuidado!!!”, alarma, velocidad intempestiva, apenas pudiste voltear, se aclaró lo de la sombra, lo del humo, y los reflectores de aquel camión apagaron tu dolor.


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Luz tenue, anuncio de que aún no terminaba el día, el sol escondiéndose detrás de aquellos edificios, Te vuelves a contemplar, como si fuera la primera vez, ¿la ves?, claro, y la escuchas: “¿Vamos a esa iglesia?”, dijo ella; y sin reconocerte, volviste tu cara turbada respondiendo: “Nunca he entrado allí”. “Entremos” pidió la progenitora, no quisiste, ¿temor?, no. Desprecio por la irracionalidad que se aferra a explicaciones místicas. La niña menuda te miró, cómplice, extraña; respiraste hondo, tomaste su mano, sensación tibia , qué nuevo se siente en las terminaciones nerviosas, queriendo gritar, sin ser tú, hablándole sin expresión, callaste, y la guiaste hacia a dentro.


Asae Nunt.

1 comentario:

Hacker Fox dijo...

Este es el que más me ha gustado de los 3. La certeza/suplicio del eterno retorno
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faltan mas! faltan mas!

::::::::::::VERBUM SAPIENTI::::::::::::::::::::

::::::ORBIS TEXTUS::::::