12 febrero 2007

La Novia de Astarku



Día miércoles de número impar, así como el anterior me acerqué a curiosear en la biblioteca de mi tío, abogado de profesión; mantenía entre sus tesoros más resguardados mil doscientos ejemplares de lujo, y muy aparte de sus primeras adquisiciones en su etapa de practicante, el resto era un selecto acumulado de conocimientos impresos. Solía vanagloriarse de aquello en cada oportunidad, por eso no era difícil recordar el orden de las materias, su descripción de los compartimentos de cedro y caoba me ubicó fácilmente en la sección poesía.

Sostuve entre mis manos un pesado libro cuyas letras doradas titulaban “Confesiones de Astarku”. Las primeras estrofas tenían una letra peculiar, corrida y trabajada con cuidado, impresión muy real de una escritura a mano; el resto de poemas seguían el ordinario lenguaje de arcaísmos de su época . Distrajo poderosamente mi concentración la rúbrica de mi tío, la tinta recorría el espacio que le restaba al título del poema, de esta forma dejaba en conocimiento cuál era su poema favorito, su firma en rojo nos lo recordaría para siempre. En adelante sólo hallé esa misma marca personal en dos estrofas también referidas a la fortaleza de un hombre doliente que superaba las batallas de la vida.

Me atreví, empuñando el lápiz cómplice a buscar un escrito que me gustara y así colocar una marca que identifique mi buen nombre y deje rastro de una recién entendida en el mundo de las letras. Busqué en cada verso, señalando palabra por palabra con mi sigiloso dedo; ataviada de gerundios, metáforas, hipérboles y otros elementos no me rendía ante la infructuosidad, la frase que revolucionaría mi concepción de las cosas tenía que aparecer, Qué vergüenza, dos horas con el mismo libro, y no he tenido testigos ni testimonio alguno de mi esfuerzo por culturizarme, por cultivarme. ¿Qué le diré a mi tío cuando pregunte si encontré algo interesante?, nada me conmueve en estas palabras viejas , suspiré. Cansada y aburrida, sí, muy aburrida, pensé: ¿qué pudo conmover a mi tío en este libro antiguo y lleno de cadáveres verbales?, alcancé a leer el poema de la página 123,cuyo título Connubio infértil, sonaba a desamor

Amarrada a una huesa sin cruz
la novia mía evocaba el gehena,
al unísono los consortes
claman esponsales impronunciables
Astarku araña tus tierras,
Astarku enloquece por tus besos sanguinolentos...

Me conmovió el amante sin su amada, mi bostezo descoordinó mis manos, y apenas puse mi firma cerré el libro perdiendo interés en seguir el poema. Guardé las “Confesiones...” con el cuidado que siempre caracterizó a mi exigente tío. Antes de retirarme observé desde la puerta el ovalado orden del empotrado estante, guarida magnífica del grandioso material que tendría a mi disposición durante el viaje de mi tío, deslumbré orgullosa y cerré la puerta con seguro.

Hoy, regreso aturdida, la puerta seguía con el seguro que sólo mi llave podía abrir, el encargo del cuidado de este tesoro me obligaba a visitarlo al menos dos veces al mes, el murmullo de los empleados trabajando eran usuales, cuando la sobrina llegaba a la casa ellos nunca descansan, supervisaba su trabajo al milímetro. Los días anteriores a esta visita tuve sueños muy extraños con la biblioteca, lo atribuí a la enorme responsabilidad de ser la guardiana improvisada de mi tío.

Entré silenciosa, a buscar esta vez enciclopedias que mejorasen mi obtuso vocabulario, en la amplia mesa cabían los diez volúmenes de las primeras letras que pesadamente pude bajar, la atmósfera apagada del salón velaba los tonos mate de las hojas, impresionada por los ejemplares tan bien conservados tomé la letra “A”, acordándome de Astarku.

Hallé una definición de página completa, el concienzudo apunte de Astarku y el dibujo de su diabólico aspecto alteró un pulso pocas veces sorprendido. Terminé el texto y me acerqué acechadora a las “Confesiones”, lo abrí rápidamente, las hojas en su alboroto encontraron un orden separador, una hoja amarillenta sobresalía doblada por la mitad, suelta, como puesta para ser leída. Su ortografía apenas perceptible decía en un líquido rojo “Quien firma el libro contrata las vivencias de Astarku, su valía eres tú.”, firmado por A. para, dos puntos seguidos, la novia. Busqué la página 123 y no encontré firma alguna, quizá no había presionado con la suficiente fuerza el lápiz aquel día. En ese instante impulsada por el miedo copié apurada la definición de Astarku:

Según la monarchia demonorum, es muy poderoso en el infierno, pues manda allí cuarenta legiones de espíritus, mientras que en la jerarquía de los ángeles caídos tiene rango de príncipe de los tronos. El momento idóneo para invocarlo son los miércoles de número impar de diez a once de la noche...”

Raudamente tome el libro y me dispuse a salir, pero las fuerzas abandonaron mis manos y el libro cayó, decidida a no dejarlo me agaché a recogerlo y fue cuando vi mi firma en tinta roja sobresaliendo en medio de la página 123, dígitos que sumaban seis, como el número de los brazos de esa cosa pestilente que se acercaba increíblemente apasionada a abrazarme; el terror, lo supe allí, sería eternamente revivido una y otra vez.

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