27 enero 2008

Incondicional

Bastaría con el amor, podría sobrevivir a la tragedia, tragarse noches interminables llenas de su cuerpo incompatible al pensamiento, de su mal humor e impotencia. Ella le brindaría el mismo amor como cuando tenían 14 años. A su lado, él enfrentaría todo.

Los padres de él sabían que era un riesgo dejarla sola, los pensamientos y supuestos la volverían contra sí misma y contra su futuro, cuando una mujer razona: la decisión endurece su corazón. Por eso, ordenaron recogerla en taxi todos los días desde el accidente y la dejaban ellos mismos en la puerta de su casa luego de la visita rutinaria al hijo. Ellos protegerían la fragilidad del amor incondicional, inexistente cuando la única condición emerge. Él, sin movilidad en las piernas, aún podía abrazar el cuerpo lánguido de su novia, ambos llenaban sus tardes con los trabajos de las universidad echados o sentados, sonriendo, y mirándose.

Él disfrutaba los días con su cabello negro cayendo sobre las hojas cuadriculadas, con restos de borrador ensuciando las sábanas. La recordaría por siempre, con su lapiz detrás de la oreja, sus cejas distorsionadas por las canciones de la radio. Él la observaba, y conocía de su infelicidad, nunca se lo dijo, pero sospechaba que era infeliz, no como él, que a sus 19 años perdió la facultad de caminar. Era fácil imaginarla cada noche al entrar a su casa, sin el peso de la responsabilidad que se iba con el taxi, hasta cuándo más iba fingir que aún quería seguir a su lado, no podía dejar a su enamorado de años justo en el preciso y repudiado momento en que dejó de ser un chico independiente.

No logró contenerse cuando ella aceptó con un sí tajante lo que siempre le incriminaba. Contra sus gritos lo sentaron nuevamente en la cama, ahogándose en la humillación de no poder levantarse e ir a otro lugar para no ver su salida. Si era lástima, no tenía porqué siquiera acompañarla con la mirada hasta la puerta. No merecía que lo quisieran por pena, ni tampoco enterarse por otros que ella tenía otro hombre.

La escena de ella saliendo, la soledad aprisionando sus entrañas, la debilidad, el desamor. Las mismas emociones esta noche, despreciable como las anteriores, desvalido y tirado en medio de una pista. El taxista, un ladrón como los que abundan en la ciudad del caos, lo arrojó a la calle sin las muletas por supuesto, la compasión no era una virtud que abundara en los criminales. El frío secaba sus labios encolerizados, cada pensamiento lo hacía sentirse peor, concluyó que lo terrible no era la pérdida de las tarjetas, contratos por revisar, documentos personales, ni la inseguridad que ahora le inspiraban los taxistas, en realidad lo que no soportaba era la desolación e impotencia que no sentía en años desde la tarde en que ella se fue.

Su novia actual se acercaba corriendo a ayudarlo con su hermano. Su casa estaba a pocos metros, él callaría y se dormiría antes de decir alguna palabra, conoce el vocabulario inspirado en la insoportable lástima, cualquier cosa que le fuera a decir ella no ayudaría en nada. Al igual que las demás, se decía, sólo aguantará hasta que mi crédito desaparezca.

1 comentario:

Jimmy dijo...

Rara historia ¿Puede sobrevivir el amor en una circunstancia así? ¿Se puede, “en nombre del amor”, vivir convertida en una enfermera y ya no como una pareja? ¿No basta ya con quedar lisiado físicamente como para encima quedarlo de afectos también? ¿Se puede vivir el resto de la vida sin una pareja? ¿Pero no es cierto también que muchas veces sin tener limitaciones físicas, las parejas te dejan sin que si quiera se te “haya acabado el crédito”? ¿Y donde queda el aspecto sexual? Hartas preguntas.

P.D: Ya veo que te mudaste con todos tus escritos por acá, sabia decisión, se ven mejor en este lugar.

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