27 diciembre 2009

Mitología de la Vida


"Quod Scripsi, Scripsi"

(Entiendes que ya no lo puedo corregir? ;-P)

Safo se enamora de una chiquilla

Era Safo, la más bella de todas en la fiesta, torturada por una soledad absurda en medio del bullicio por su cumpleaños, sonreía para todos, a la expectativa del concierto que habían preparado sus amigos, no dejaba de mirar a esa niña mujer que empezaba a ajustar los micrófonos con su voz prodigiosa.

Recuerda la noche inmortal donde la luz caía indignante sobre su rostro lívido, poco antes de presentar con voz imperceptible “La canción más fascinante, Pictures of You, de The Cure, con cariño para tí”, fantástica interpretación de esa niña mujer, que apenas conocía; era una performance duramente femenina que calentaba sus hormonas. Su piel extremadamente blanca, su boina estilizando su peinado, sus ojos grandes y sus labios extravagantes amortizaban la soledad que la suspendía en el tiempo.

Sin quererlo, esa menuda figura huye de su evocación, hace dos semanas de aquella fiesta donde la escuchó cantar por primera vez, en homenaje a su cumpleaños número veintinueve. La cantante aceptó su amistad, los regalos que le envió días después, las llamadas para saber cómo se encontraba, sin prever que había un amor intenso que estimulaba con sólo hablar, con sólo cantar, con sólo existir.

Eros canta como un pájaro inglés

Habían pasado cinco minutos de la hora pactada, mientras ella dudaba si debía irse, él se acercó lo más rápido que pudo y la saludó. Hola soy Eros, no te asustes. ¿Usted? El que esperaba en esa esquina, creí que no vendría. Trátame de Tú. No puedo. ¿Por qué? Porque usted es el doctor. Por favor, trátame de tú, hablemos en el café de la siguiente calle. No gracias, caminemos mejor. Con los primeros pasos desaparecía la incomodidad de sentirse observada por los transeúntes que la miraban extrañados. ¿Acaso era la primera vez que veían a una chica vestida de negro, con uñas pintadas de negro y sombras oscuras en los ojos? Jamás entenderían a una cantante consumada y pensó que sería la última vez que esperaba allí, vestida como la hija de drácula en un centro comercial.

Nerviosa, por los cabellos largos y el aspecto desarrapado de quien la acompañaba, caminaba desconfiada, imaginando su descuartizamiento a la vista de todos en un restaurant cualquiera, mejor era estar en la calle, con múltiples posibilidades de escape si era necesario. Tampoco pensaba aceptar ningún comestible, las trampas no serían para ella ese día. De ninguna manera.

Lo había conocido por una página social de Internet, él le había mencionado que sus gustos eran similares, y le envió canciones de los grupos que más le gustaban, ella no le prestó interés, hasta que le comentó de su trance depresivo, y él le ofreció ayuda, diciéndole que muchas veces había tratado casos similares. Ella en su locura infantil, había dibujado un semblante similar al que vio aquella tarde, un hombre de cabellos largos y ondulados, salvador de almas y espíritus sangrientos. Plasmó en papeles todos los poemas oscuros dedicados a él. Tenía la certeza de que le gustarían y así fue.

Era la primera vez que se veían, caminaron por las calles cercanas a los dominios de él. Sabía que era peligroso, suicida, pero necesitaba ayuda, necesitaba sentir que vivía. Le contó el porqué de sus problemas, y él no dejaba de mirarla hasta hacerla sonrojar, le invitó nuevamente a tomar un café, ella no aceptó. Entonces un helado. No deseo, gracias, si tanta hambre tiene le acompaño pero a mí no me invite. Porqué tan esquiva. No, es que no tengo hambre de verdad.

Se sentaron en un restaurant a muchas cuadras del punto inicial. Él relajó el momento hablando de música. Así que eres cantante. Sí, cantante profesional. Te gusta algún estilo en especial. El rock, por supuesto. Sonríe por primera vez en toda la noche. Le obsequia un disco con las canciones del mejor artista de todos los tiempos. Lo observó entusiasmado, era impresionante verlo cantar con los ojos cerrados, sintiendo reventar en su rostro cada palabra en inglés, sus labios hablaban de un hombre que vendió el mundo. Esa canción es muy buena. Claro, la mejor. Los dos empezaron a cantar. Ella presentía que en aquel momento ya estaba enamorada de ese desconocido, y no rechazó sus besos cuando se despidieron, y no se ofendió cuando él le dijo para ir a ver las estrellas, y no se intimidó al decirle que sería su primera vez, y no lo dejó nunca, aun cuando la marca infame de la deslealtad quedó sellada en los besos perdidos sobre otra mujer.

Eros, el amor en su pureza, se había alojado en su corazón.


La Volupia explota en el sonido supremo de un tom.

Ella era consciente que su primera vez no iba a ser la última, que vendrían otras más, que era su destino ser aprendiz y maestra, cantante y espectadora.

La ciudad apagaba sus luces, esa noche él le había definido cuánto amor sentía por ella, lo mucho que anhelaba su piel, y lo infeliz que era al verla comprometida con el pájaro inglés. Ella sólo trató de ocultarse en el balcón, ansiosa por salir sin remordimientos de aquel encuentro. Su proximidad enmudecía al viento. Ella miró el cielo, suplicante, deseando no desear, aguantando las ganas valientemente, como la vez en que él se arrancó el polo en el intermedio, antes de los acelerados, listo para tocar la batería con libertad.

Estaba preparada para ese animal que aún no la persuadía, ni la hacía cambiar de sentir, ella seguía amando a su primer hombre, y en cada caricia, cuando él bajaba por la curva de su cuello, repetía que estaba enamorada de otro, y mientras el beso acalorado le cubría la boca ella gritaba que amaba a su salvador; el chiquillo le obsequiaba, con dolor, una invitación sensual para hacer del balcón una cama transparente en medio del cielo, hacer el amor así, sin temor a que los vieran, la excitaba mucho más. Acaso su amado tendría aquel sexto sentido, acaso la llamaría para preguntar amor cómo estás, ¿ya terminaste de dar tus clases de canto? Tal vez, poseído por el halo de las feromonas de su amada, correría tras ella para hallarla infiel con su mejor amigo. ¿Puede existir tanta casualidad que le impida consumar el sexo más ardiente de toda su vida? No.

No se sorprendió cuando tomó de sus caderas para sostenerla en la baranda. El sudor desaparecía en cada golpe del viento, la lengua oculta, penetrante, y ardorosa le cortaba los labios, el calor de sus manos buscaba el apoyo para no caer durante el último intento de enlazarse en sus piernas. Él tenía el vigor suficiente para derribarla nuevamente sobre el suelo, sin dejar de morder su cuello, como ella lo solicitaba, ¿acaso no le gustaban los vampiros? ¿Morderla no era algo chocante pero deliciosamente enfermo? Estaba con ella, la mujer cinco años mayor, una loca que no entendía cómo era amar sin fanatismo.

Al fin, él en ella, la Volupia exaltaba sus cuerpos, venerando su tenaz movimiento. ¿Era verdaderamente una vampira?


Safo, cierra el capítulo con su venganza

Safo anhelaba cada segundo estar con su amada; luego de confesarle sus deseos, notó su vertiginosa huída, la había llamado insistentemente a pesar del pedido que no la vuelva a molestar más. Pero la súplica de una mujer herida pudo más, accedió a hablar con ella por última vez y personalmente.

Entró a su casa, como la vez en que le fue a cantar, el cigarro ardía en la mano de su cazadora, quien decidida, se aproximaba cada vez más. Teniéndola tan cerca sentía su excitación, el humo de su última pitada reflejaba un exhausto respirar.

Ella, observando todo, sólo echó su cabeza hacia la pared evitando la bocanada; si intentaba algo, pensaba, se levantaría del sofá, y nunca más la volvería a ver, pero sintió la extraña firmeza de Safo, quien la sostuvo del brazo, acercándose, poco a poco apoyaba sus piernas en las de ella, aprisionando toda salida fácil, “Es decir, que tú no sientes nada si me acerco a ti?” “No” “Cómo no, no sientes mi pecho latiendo junto al tuyo?” “Sí, pero creo que ya me estás aplastando, me voy” “No, tú no te vas sin haber probado un beso mío”, “Estás loca” “¡Que me beses!” una mano sostenía su rostro fuertemente y otra acercaba el cigarro a su mejilla. “No!” por reflejo se cubrió con las manos, y tomó del cigarro empujando por los suelos a la sacerdotisa del infierno lésbico, “eres una estúpida, entiende que yo tengo quien me ama y a quién amar, entiende que no tengo los mismos gustos que tú, eres una loca”. Huyó aterrorizada.

La cara le dolía espantosamente, se observó con cuidado en el espejo del taxi y advirtió una llaga espeluznante; a pesar de haberse defendido, no pudo evitar esa marca horrible sobre su tez. Aquella noche sólo ansiaba llegar a su casa, curarse la piel y también el alma, ya era demasiado vivir tanto en tan poco tiempo.

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