14 septiembre 2011

Tu hija

Salí del canal de televisión, con mi sonrisa complacida, contentísima, El Show de Yuli, era el programa del momento, había pisado su escenario y bailado sus canciones, conocí el detrás de cámaras, vi a sus mascotitas y bailarines, definitivamente ya tenía mucho que contarle a mis amigas del colegio.

Un numeroso grupo de gente estaba en la puerta y yo caminaba en el espacio que habían acondicionado para la salida de los niños; buscaba entre cientos el rostro conocido, pasaron varios minutos, y a medida que avanzaba no reconocía ninguno, mi boca sentía frío, lo mismo le pasaba a mi garganta y luego a mi pequeño estómago, poco a poco me daba cuenta de lo que había sucedido, mis manos, congeladas de frío, soltaron los obsequios de la animadora, miraba hacia todos lados y no aparecía. Mi padre, mi propio padre me había abandonado. Aprovechando una distracción fútil me dejó allí, a mi suerte, tan pequeña de 6 años, no era posible, no iba a llorar, por más que quería,  no me derrumbaría, iba a buscar un policía para que me ayude a encontrarlo, pero no hallé a ningún uniformado, había demasiada gente, y se me ocurrió hacer lo que todo niño sabio en ese tipo de circunstancia suele hacer: llorar desesperadamente y sin control llamando a mi padre a gritos.

Presa del pánico ya veía mi caso en los canales de televisión: Dulce niña fue abandonada por su padre indolente, y en los periódicos: Teclito abandona a su chuki en esquina de televisión. Se vislumbraba la cruzada nacional para hallar un hogar a la dulce niña de short y polito de rayas rojas y blancas. Mis lágrimas caían en un dolor que sólo una niña como yo puede comprender; sollozante, abrí mis ojos lo más que pude,  y me percaté de una señora que sonriente me miraba, cómo es posible que sonría ante mi mayor desgracia, cuando entendí que miraba hacia la derecha, mi padre tomaba mi mano y me decía: Hijita, no llores mamita, estaba esperándote en la puerta y no te vi salir, discúlpame. Sonreía quizá nervioso, o avergonzado, lamentando el mal rato por una descoordinación de ese programete barato que separaba la fiesta infantil del mundo paternal.

Ya sonreía otra vez, contenta porque mi padre no me había perdido, ni yo a él. Éramos nuevamente la familia disfuncional de siempre, la Chilindrina y Don Ramón. La niña feliz que corría con su padre cada tarde de verano, a la panadería para comprar 4 panes, una riquísima palta y la infaltable coca-cola. Cuánto amaba nuestras tardes de meriendas poco nutritivas y artificiales, cuánto de tí respeto y admiro ahora, cuánto más deseo que existas para siempre, pero sé, como aprendí esa tarde, que la vida está llena de momentos profundamente tristes y explosivamente felices, fugaces, que se van para dejarnos recuerdos imborrables que fabricamos sin darnos cuenta, y que a pesar del dolor, los temores y la enfermedad, siempre nos tendremos el uno al otro,  tu mano no me soltará sin hacer la lucha de buscarme, y yo no me rendiré ante nada para tenerte con nosotras. Te quiero mucho papá

::::::::::::VERBUM SAPIENTI::::::::::::::::::::

::::::ORBIS TEXTUS::::::