19 agosto 2013

Domingo

La costumbre de entregarte al stress, de usar las horas de trabajo para mitigar esos impactos interiores, para evitar que tu propio yo te arrincone y te reclame que es de tí, qué fue de aquella que una fue, y cómo la has superado. Esa estrategia que sé algunos también conocen terminó hace poco para mí. Una etapa nueva llegará, tendrá qué, pero en estos largos días, en que sólo quedan frases del fue bonito mientras duró, del perdí pero aprendí mucho, me he dejado vencer, y ya me he dicho todo, y ahora únicamente floto, como cada que llego y realizo mi propia sesión de psicoanálisis.

Y cuando floto, me aburro y cuando me aburro hago las webainas de antaño, como revisar videos y descargar canciones estúpidas. Ahora estuve actualizando mi perfil de youtube, y me encontré con que esta plataforma te notifica cuando alguien responde a tus comentarios (realmente estaba bien alejada de las redes sociales, ¡veo respuestas de hace tres años!). Varias apreciaciones sobre una canción de domingo por la noche.

Obviamente, no pondré la canción que comenté, pero pienso en el día domingo, el día antes de, como el último resquicio de descanso, de estar con una misma, es como la parte final del recreo y te dan ganas de hacer una y mil cosas, o como el minuto previo al cadalso, mientras caminas y sólo te dedicas a tí, a saber porqué, cómo y cuándo de todo. El domingo tiene la noche perfecta para la abstracción total.

Oh Qué será... AOO... :-/ (esta canción no es estúpida, es estupenda)


17 agosto 2013

Plataforma



Bajo con ella del carro, la tomo de la mano, después de haberla despertado, ya no puedo cargarla, sus 15 kilos me pesan más que antes, y su tamaño me dificulta cruzar esas avenidas tan anchas, que ahora me parecen los peores escenarios para la seguridad de cualquiera, pero en fin, allí vamos madre e hija camufladas en chalinas de colores y abrigos encantadores.

Cruzamos la avenida principal y caminamos por las callejuelas, contraste de una sonrisa de niña feliz; sí, feliz, porque ella aún no razona sobre el mundo, sólo pregunta y repite las respuestas, pero en algún momento se dará cuenta que esa señora que vende canchita, ese niño que le ofrece frunas, y ese señor que duerme en la calle, que todos aquí sufrimos, de alguna manera, y sobrevivimos porque dios lo pide así, dirá la señora, porque mis padres me dieron esto dirá el niño, porque la familia se pudrió dirá el loco, nosotros sólo somos seres humanos diré yo, que andamos por la vida buscando dioses, tratando de darle una razón a la sin razón del vivir, pero que en el camino creemos muchas veces haber llegado a la respuesta, y cuando sales  a la calle te das cuenta que no has llegado ni siquiera a cerrar el signo de interrogación, que la respuesta no se ha escrito aún, no.

Dejando de observar sus ojos risueños, su perfil de niña sabia, alzo la vista y veo el letrero de mi universidad, los ladrillos color ocre, el portón abierto de par en par, la virgen en la cima, y en la entrada cómo no, dándote la bienvenida también otra virgen. Camila pregunta qué es eso.Una estatua. ¿Y ese es José? No Camila, es una estampita de San Martín. No explico más, caminamos. El busto de Haya sigue allí burlándose de las luchas por independizar nuestra universidad de un partido, cuántas veces en cada toma de local intentaron bajarlo, le giraron la cabeza le tiraron basura, y no, allí estaba siempre un aprista para defenderlo, inmolándose, pidiendo tolerancia y más de lo que ellos en sus años de gloria no brindaron, pero en fin. 

Camila mira los azulejos, el piso, las escaleras de mármol, el techo alto.Mamá, ¿este es tu colegio? Le digo que sí, que fue mi colegio cuando era más joven, la guío por el pasadizo principal y la luz del patio central nos avisaba que la tarde de invierno no se iba a oscurecer tan temprano. El patio tenía una plataforma y alrededor de ella se distribuían cuatro pabellones de tres pisos los más antiguos, y el de construcción nueva tenía seis pisos; los jardines, los árboles, las banquitas cortaban la sensación de ahogamiento que nos brindaba esa construcción extraña.

Vi las mesas de ajedrez donde solíamos reunirnos con mis compañeras de salón para armar trabajos imposibles, escribíamos a mano el resumen que luego mandaríamos a digitar en las cabinas de afuera. La plataforma cuadrada tibia en el verano, suave en el invierno, los chicos echados en las esquinas con algún libro en la mano, cuadernos, computadoras. Alguna chica se tendía sobre las escalinatas tratando de apuntar algo en sus hojas. ¿Era yo una de ellas? acaso metida en mis textos sin observar que alguna ex estudiante pasaba con su hija a ver sus papeles. Hija, presente. Aprieto un poco más su mano, cruzamos el umbral del pasado y me veo descubriendo a Sartre, leyendo a Mario, pensando en Bolívar, almorzando un simple pastel de choclo, contando mis monedas, oliendo la cafetería, abrazando al chico con el que solía jugar a estar y no estar.

Subimos las escaleras por el que algún setiembre me caí distraída, iba leyendo desde arriba un periódico mural llamado Subserráneo, cómo olvidarme de aquellos innovadores, cómo sacar de mi cabeza ese cover de "La maldita primavera" el chico que recuerdo me recogió, y nos reímos acostumbrados a mis épocas de volada rebelde. Pero allí estamos subiendo a la biblioteca de la facultad, tú diciendo "si me porto bien me compras mi chocolate, si  me porto mal, no me compras mi chocolate" y te quedas tranquila, en silencio mientras la dispensadora me hace firmar unos cargos, y salimos y te compro el chocolate. Y me encanta observarte comerlo, y quiero salir de la universidad un poco, como para correr de esos años de sacrificio y fantasía y dejarte el camino listo para que recorras un mundo distinto, y mil veces mejor que el que yo viví.


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