23 mayo 2017

No creas...

No creas que no me acuerdo
que aún eres parte de mí,
que tengo tus antepasados y tu ser corriendo por la casa,
que tengo tu sonrisa cada mañana,
tu mirada y gestos en los suyos...

No creas que no me acuerdo de tí,
que no pienso en qué podrido momento nos enamoramos (sí, NOS),
que tu cuerpo y el mío crearon vida
y a pesar de odiarte, espero lo mejor para tí.

No creas, siquiera, que yo volveré a sentir algo por tí
que volveré a deseate
que volveré a pintarte
a escribirte o a besarte.

Entiendo tu juego y tu estúpida lentitud 
no entiendes que soy más inteligente,
más orgullosa y, quizá, más madura
que tú...
Crees que no me cansan tus cuentos de antaño
tus idas y venidas
tus "mañana sí, de veras".

No creas, no creas, en serio, no creas que te creo.


Tan cansada estoy que me duermo con la Bruni, que no es tuya, ni de ellas, ni mía, es de esos momentos como este, en que sólo te sale cantar para no llorar de furia



El hombre que...



Todes soltábamos carcajadas y disfrutábamos de la cena en un segundo piso, sintiendo la brisa del mar chorrillano y el calor de una noche de casona antigua, llena de obras de arte. Cada une llevó un plato especial y bebidas para compartir regalos y amistad sincera. Me extrañaba estar en ese grupo tan diverso, con genialidades de distintas artes, visiones y modos de vivir.

La hermosa, en cuerpo y alma, me hacía bromas y, los hermosos en cuerpo y sensibilidad, me hacían preguntas para retarme luego a los castigos; otra amiga recibió con agrado el regalo que me tocó obsequiarle, y minutos después el que siempre me pareció el chico star de las colegialas (que se le acercaban por materiales sobre diversidad cultural en las ferias) se paró y dijo algo como "A mí me toca dar un regalo a alguien especial, muy segura de lo que quiere y de sus convicciones, cuando me tocó como amiga secreta me dije ESTE regalo es definitivamente para ella".

Emocionada, rompí el papel kraft que envolvía un maravilloso libro de 768 páginas, miré la foto de la portada y me preguntó ¿lo reconoces? Dije que me parecía conocido.


EL hombre que amaba a los perros, del escritor cubano Leonardo Padura legó a mí ante la expectativa que todos pusieron sobre mi reacción. Mi relación con ese libro fue inicialmente conflictiva debido a la prosa llena de adjetivos que usaba el escritor para relatar momentos que debían ir, a mi criterio, mucho más rápidos. Tal vez era mi impaciencia por el llegar a la parte en que hablaba de Trotski. No obstante, no se trataba de la historia con el líder revolucionario, sino con su asesino, al que conoció una tarde de playa mientras iba a contemplar el mar y leer los libros que le encantaban.

Me veo sentada en esa playa, observando los galgos rusos correr por la arena, con el guardaespaldas observando en silencio, me veo parada frente a Iván  leyendo a Mario Vargas Llosa (¡En Cuba!) cuando se acerca ese espía español de la Unión Soviética,  me alejo inmediatamente y lo odio con todo mi ser, me aparto y veo cómo le cuenta a Iván (el superego de Leonardo Padura) sus vivencias como anarquista y luego enviado de Stalin.

No pude evitar quedar atrapada en las escenas de entrenamiento militar, de encuentros en países distintos con el agente ruso, el contacto de su madre con espías, el plan maquiavélico de una muerte moral y física para Trotski, la tristeza por la muerte de sus hijos, el exilio y la manera en cómo se infiltró este espía me causó, sobretodo, honda pena porque finalmente, Stalin se salió con la suya en ese momento de la historia, aunque ahora la humanidad lo recuerde como el asesino que es.

Mi relación con ese libro fue larga, lo llevaba a todas partes, y tengo las últimas 10 páginas por terminar, no quiero que acabe, quiero saber si la culpa y el saber la verdad por parte del espía lo hizo sentirse, al menos, mal.  ¿Saberse un mero instrumento de un odio político le habrá hecho sentir vergüenza y arrepentimiento?

10 mayo 2017

Temptatio


"La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella"
Oscar Wilde



Cómo hablar de ti sin recordar tu rostro en medio de la mañana, reflejo de un esfuerzo que nace desde la oblicuidad de tus músculos, siempre abrazando mi cuerpo para nacer nuevamente de mí, una y otra vez.

Cuando cerramos la cortina y nos sentamos, se enfrentan nuestras sonrisas, entendemos que hay un implícito comienzo y final de algo que no podrá ser dañado por sentimientos de amor, ni de angustia, ni de posesión; nuestra respiración ansiosa se vierte como el agua fría que invade nuestra espalda y nuestros vientres.

Mientras sudamos, mi cerebro viene esculpiendo un rostro con tus labios siempre delgados, tu perfilada nariz, tus sienes de porcelana que hacen brotar definidas cejas hermosas como si nacieran en medio de un mar congelado, lleno de nieve y frío de invierno; luchas con mis ojos para no ser considerado sólo bello, tratas de hallar oxígeno en medio de esa pelea que fingimos aguantar. ¿Acaso ser libre implica no atraparte en mis recuerdos, no dibujarte, ni describirte en ningún texto?

No puedo, y el universo lo sabe, no puedo quitarme de la cabeza tu rostro de placer, ni la fuerza de tus piernas y el poder de tus labios; cuánta energía en un sólo semidiós y no poder gritarlo al mundo, porque finalmente somos tan extraños, tan dispersos en horarios y obligaciones, sabemos que hay sentimientos que brotaron muertos y sólo se avivan una mañana o una tarde breve, sin llorar ni esperar nada a cambio.

Me encantas y te escribo, me gustas y te dibujo, te pienso y no te lo digo, existes y no estamos. No arruinemos esto, no nos veamos más.


Asae Nunt




::::::::::::VERBUM SAPIENTI::::::::::::::::::::

::::::ORBIS TEXTUS::::::