23 mayo 2017

El hombre que...



Todes soltábamos carcajadas y disfrutábamos de la cena en un segundo piso, sintiendo la brisa del mar chorrillano y el calor de una noche de casona antigua, llena de obras de arte. Cada une llevó un plato especial y bebidas para compartir regalos y amistad sincera. Me extrañaba estar en ese grupo tan diverso, con genialidades de distintas artes, visiones y modos de vivir.

La hermosa, en cuerpo y alma, me hacía bromas y, los hermosos en cuerpo y sensibilidad, me hacían preguntas para retarme luego a los castigos; otra amiga recibió con agrado el regalo que me tocó obsequiarle, y minutos después el que siempre me pareció el chico star de las colegialas (que se le acercaban por materiales sobre diversidad cultural en las ferias) se paró y dijo algo como "A mí me toca dar un regalo a alguien especial, muy segura de lo que quiere y de sus convicciones, cuando me tocó como amiga secreta me dije ESTE regalo es definitivamente para ella".

Emocionada, rompí el papel kraft que envolvía un maravilloso libro de 768 páginas, miré la foto de la portada y me preguntó ¿lo reconoces? Dije que me parecía conocido.


EL hombre que amaba a los perros, del escritor cubano Leonardo Padura legó a mí ante la expectativa que todos pusieron sobre mi reacción. Mi relación con ese libro fue inicialmente conflictiva debido a la prosa llena de adjetivos que usaba el escritor para relatar momentos que debían ir, a mi criterio, mucho más rápidos. Tal vez era mi impaciencia por el llegar a la parte en que hablaba de Trotski. No obstante, no se trataba de la historia con el líder revolucionario, sino con su asesino, al que conoció una tarde de playa mientras iba a contemplar el mar y leer los libros que le encantaban.

Me veo sentada en esa playa, observando los galgos rusos correr por la arena, con el guardaespaldas observando en silencio, me veo parada frente a Iván  leyendo a Mario Vargas Llosa (¡En Cuba!) cuando se acerca ese espía español de la Unión Soviética,  me alejo inmediatamente y lo odio con todo mi ser, me aparto y veo cómo le cuenta a Iván (el superego de Leonardo Padura) sus vivencias como anarquista y luego enviado de Stalin.

No pude evitar quedar atrapada en las escenas de entrenamiento militar, de encuentros en países distintos con el agente ruso, el contacto de su madre con espías, el plan maquiavélico de una muerte moral y física para Trotski, la tristeza por la muerte de sus hijos, el exilio y la manera en cómo se infiltró este espía me causó, sobretodo, honda pena porque finalmente, Stalin se salió con la suya en ese momento de la historia, aunque ahora la humanidad lo recuerde como el asesino que es.

Mi relación con ese libro fue larga, lo llevaba a todas partes, y tengo las últimas 10 páginas por terminar, no quiero que acabe, quiero saber si la culpa y el saber la verdad por parte del espía lo hizo sentirse, al menos, mal.  ¿Saberse un mero instrumento de un odio político le habrá hecho sentir vergüenza y arrepentimiento?

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